Mis cámaras
Resulta muy difícil establecer cuales son “mis cámaras” porque he realizado infinidad de fotografías con gran cantidad de ellas, pero por simplificar, creo que solo mostraré aquellas con las que he hecho alguna de las fotografías que se pueden ver en esta web.
Aunque he tenido muchas otras cámaras antes, en primer lugar
destacaré la Olympus Infinity II “de carrete”, ya que es la primera con la que tuve conciencia de hacer fotos distintas. Una cámara normal con la peculiaridad de que tenía roto el objetivo y en algunas fotografías salía una línea en la zona superior izquierda que cruzaba toda la fotografía, lo cual no me impedía hacer alguna que otra foto curiosa.
Esta cámara me la regaló mi tío Jose Carlos y fue mi fiel compañera durante los años que viví en Palencia y prueba de ello son las más de 500 fotografías que nos hicimos todo el grupo de amigos.
La de viajes que me tocó realizar a la tienda de fotografía a revelar los carretes y después hacer las copias para cada amigo.
Después llegó la Samsung SDC-80 de 0,8 megapíxeles. En verdad esta cámara no era mía, sino de mi amigo Adolfo que la consiguió a un precio excepcional y que fue la primera cámara digital que tuve en mis manos.
De entre mis fotografías sólo encontraréis una realizada con esta cámara (2001 – Escalera – Valladolid) pero es una de las que a mí personalmente más me gustan y que demuestra que da igual los megapíxeles que tenga tu cámara, lo importante es el ojo fotográfico que tengas.
El siguiente paso lógico fue comprarme una cámara digital. Llegó mi cumpleaños y me regalaron la Nikon Coolpix 775. Una cámara muy pequeña (incluso hoy en día) con 2 megapíxeles y una pantalla de 1,5 pulgadas.
Mi “caballo de batalla” digital, aún hay muchas veces que la utilizo cuando las situaciones puedan poner en peligro la cámara y, la verdad, sigue cumpliendo como una campeona.
Con esta cámara comencé a disfrutar realmente de hacer fotos y poco a poco fue entrándome el gusanillo de buscar los mejores encuadres y las fotos más sorprendentes, y con todo ello, llegó el Photoshop.
Con especial cariño guardo las fotos que realicé con ella cuando hicimos el Camino de Santiago allá por el 2003 desde Roncesvalles hasta Santiago de Compostela.
Lo malo de esta afición es que no es barata y cada nueva cámara es un gran esfuerzo económico. Tras la Nikon volví a Olympus comprándome la Olympus Camedia C5050. Una cámara de 5 megapíxeles y una pantalla abatible de 1,80 pulgadas.
Esta fue mi primera cámara en donde podía controlar el tiempo de exposición o la apertura del diafragma y, aunque casi siempre utilizase los valores preestablecidos, a veces me entraba el gusanillo de no depender tanto de lo que decidiese la cámara.
Por desgracia, el dial de modos comenzó a fallar y yo lo rematé por intentar solucionarlo así que, de nuevo, me tocó dar otro salto cualitativo (y cuantitativo) en el mundo fotográfico.
Rompí mi cerdito de los ahorros y me compré la Olympus E-300 con dos objetivos, un 14-45 y el 40-150. Y entonces empezó lo bueno. El modo automático quedó relegado al segundo plano y comencé a saber de qué iba aquello de la fotografía.
Desde el primer momento te das cuenta de que esto ya es otro mundo. La cámara deja de ser ese aparato que usas en las reuniones de amigos y en los cumpleaños familiares, y pasa a ser una compañera en todo aquello que haces porque, poco a poco te das cuenta que en todas partes hay fotos que hacer y fotos que se pierden.
Y con mi primera reflex llegó la revolución, cada vez que la coges haces cientos de fotografías, comienzas a cambiar los ángulos de visión, a aprender a encuadrar, a buscar las luces y las sombras y a disfrutar como un chiquillo de tu cámara.
Lo malo de las cámaras reflex es que no son muy transportables como para llevarlas todos los días encima, así que me busqué una cámara más pequeña, una que pudiese llevar en un bolsillo, y es cuando llegó la Sony DSC-T5, que para más de un apuro me puede valer, pero que queda muy lejos de mis pretensiones fotográficas y que me ha hecho cabrear por su floja calidad en demasiadas ocasiones.
Yo creía que con aquel equipo tendría suficiente, pero me llegó una oportunidad que no podía rechazar y llegó hasta mis manos mi Nikon D80 con un objetivo 18-135 mm. Así que vendí mi Olympus (no sin mucha pena ya que tantas alegrías me había dado) y me pasé al mundo Nikon, del que tan buenas referencias me habían dado.
Cambiar de marca de cámara réflex es un poco como cambiar de coche. Sabes que es para mejor, pero es que estabas tan acostumbrado a la otra que te cuesta un poco cogerle el truco a la nueva. Te armas de paciencia, tarjetas de memoria y un dedo entrenado para hacer fotografías y, desde las primeras fotos te das cuenta de que estás ante una cámara de mayor calidad.
Como pasa con todo esto, mi desembolso no acaba al comprar la cámara. Junto con esta llegan la bolsa pequeña, la grande, la mochila, el filtro neutro, el polarizador, la garra, la funda de silicona, etc. Vamos que cuando salgo a hacer fotos parece que me han echado de casa.
Lo malo es que las cosas importantes para la cámara cuestan mucho dinero, así que aprovecho las ocasiones especiales (mi cumpleaños, por ejemplo), para ir completando mi cámara con, por ejemplo, un objetivo de 50 mm a 1.8 y con un Flash Metz 48. Y a cada cambio, un salto más en mi aprendizaje. Es lo bonito de la fotografía, que nunca dejas de aprender.
Después llegaron los complementos para montar mi propio estudio fotográfico, dejar libre una habitación para montarlo, pasarme muchas horas leyendo para darme cuenta de lo difícil que es eso de la iluminación y, por último, completar mi equipo fotográfico con tres nuevos objetivos, uno de focal fija de 35 mm. a 1.8, un teleobjetivo de 70-300 y un gran angular 10-20, que pasa a ser “la joya de la corona”. ¿Qué más puedo pedir?
